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LA CAJA ROJA

¿Por qué fotografías una guerra si acabarás escondiendo las imágenes en una caja? La respuesta –si la hay– condensa todas las contradicciones: las del mismo fotógrafo, las de la Guerra Civil y del siglo xx. Republicano, catalanista y católico, agente de Leica en Barcelona, Campañà se adentraba en la belleza cuando, en julio de 1936, se le vino encima todo el dolor. De su cámara hará terapia, con humanidad y universalidad: la mirada de los catalanes bombardeados por los fascistas se volverá la de los andaluces refugiados en Barcelona. Campañà no esconde nada: fotografía las iglesias víctimas de la iconoclastia y también hace retratos de libertarios tan atractivos que los mismos anarquistas harán postales con ellas. Desde protestas por la falta de alimentos ante la Pedrera de Gaudí hasta soldados del Tercer Reich desfilando por la Diagonal. ¿Es equidistancia fotografiarlo todo? Es difícil imaginar cuál podía ser la actitud del fotógrafo cuando unos y otros reinterpretaban sus fotos interesadamente con fines propagandísticos. ¿Qué podía hacer? Encerrarlas en una caja roja de desmemoria convertida en la memoria misma. Porque, quizás contradictoriamente, no somos lo que recordamos, sino lo que, consciente o inconscientemente, olvidamos.

Golpe de estado y revolución

Hacer clic con la cámara es, para Campañà, un acto instintivo, casi genético. Por eso disparará fotos ante un golpe de estado y de una revolución que le desagradaban. Si antes había fotografiado futbolistas, ¿por qué no tenía que fotografiar ahora cadáveres? Si había fotografiado impolutos bólidos compitiendo, ¿por qué no barricadas y cristales rotos? Si había fotografiado angelicales monaguillos, ¿por qué no momias de monjas expuestas en público? No hacerlo sería renunciar a una parte del mundo. A una parte de la luz. A la realidad, por desagradable que fuera. Es ese instante inexplicable –el clic–, donde Campañà, un hombre de orden, busca en su cámara alguna sensación de recuperación de la estabilidad.

Matar a Dios

El fotógrafo es católico; los templos católicos son saqueados; la cámara no tiene más fe que el culto a la imagen. Campañà, con la imagen de la Virgen del Carmen en el bolsillo, transita por iglesias y conventos que ha retratado pocos meses antes de la revolución iconoclasta. Sufre y lo traslada al celuloide. Encuentra la luz y el ángulo: dota las ruinas calcinadas de misticismo. Él, que se creía obligado a aportar visiones originales mostrando la perfección de la creación divina, es testigo del intento metafórico de matar a Dios. En el arco gótico que cae y el contraste de los tiempos: la clase media observando las momias de las monjas y un concurso de fotografía de iglesias convocado el mismo año en el que acabarían ardiendo.

Manipulación republicana, autoengaño y manipulación franquista

La guerra moderna es un obús de propaganda: engañar, manipular y construir realidades paralelas para dominar la opinión pública. Exaltar la estética controlando el pie de foto. Al no ser un fotógrafo comprometido políticamente, circunstancialmente al servicio de anarquistas y del Comisariado de Propaganda catalán, las imágenes de Campañà bascularán peligrosamente entre cabeceras católicas irlandesas o comunistas francesas con versiones contradictorias de los mismos hechos. Manipuladas por la propaganda republicana en el tiempo-espacio y reescritas por el mítico fotomontador John Heartfield, al acabarse el conflicto, también serán utilizadas por la nueva dictadura con fines propagandísticos. Manipulaciones entrecruzadas que dejarán al fotógrafo poco espacio para su propio proceso interno: el autoengaño, muy lejos, en Buenos Aires. En una revista de los catalanes de Argentina donde publica decenas de imágenes, define lo que querría pero que ya no existe. Firma fotografías de una Cataluña idealizada y pacífica de anteguerra. Niega su nombre a las imágenes del trauma, de su Barcelona en guerra. En un contexto dramático como aquel, ¿quién fue sincero del todo?

Vencedores y vencidos

Campañà transitó la guerra fotografiando todas las banderas. La complejidad del instante le exigió una mirada poliédrica a realidades incómodas. Milicianos anarquistas, falangistas extasiados, comunistas, tropas moras y fascistas italianos, nacionalistas catalanes, soldados carlistas o el Ejército Popular de la República. La salida de los anarquistas hacia el Frente de Aragón en 1936 por la Diagonal transfigurándose en la entrada de las tropas vencedoras del general Franco en Barcelona por el mismo sitio en 1939. Todos, en contrapicado, bellos, enfocados con amor. Su mirada, sin intencionalidad ideológica, fuerza al espectador a tomar partido. A renunciar a la simplificación.

Antoni Campañà. Barricada infantil detrás de la Universitat de Barcelona, agosto de 1936, Arxíu Campañà.

Antoni Campañà. Sin título [Exhibición de las momias de las monjas, convento de las Salesas], Paseo de Sant Joan. Barcelona, 1936, Arxíu Campañà

Antoni Campañà. Ferrocarriles del Norte. Pintando los trenes con propaganda antifascista, 1936 - 1937, Arxíu Campañà.

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