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A mediados de la década de 1980, Fernando Botero se interesa por trabajar en una de sus grandes pasiones en la vida: la corrida de toros. De niño, en Medellín, su tío lo inscribió en la escuela taurina del banderillero Aranguito: a los quince años su entusiasmo por ese mundo lo llevó a pintar una serie de acuarelas que se exhibieron en la vitrina de don Rafael Pérez en la taquilla de la plaza de toros La Macarena, donde vendió la primera obra de su vida. A partir de 1983, la corrida reaparece en la obra de Botero de manera arrolladora. Pintó óleos, dibujos, acuarelas, carboncillos, pasteles, sanguinas e infinidad de bocetos en un derroche inagotable de energía y creatividad.
Descubrió en este tema una infinidad de posibilidades plásticas que le permitieron jugar de manera sorpresiva con la composición, el color, la luz y las formas.
Al retomar la tradición temática de sus predecesores -Goya, Picasso, Manet y Francis Bacon, entre otros-, Botero experimenta con las posibilidades y los retos que implica un tema de esta índole en cuanto a la composición y su riqueza cromática. A Botero no le interesa la representación fidedigna de la corrida, sino las posibilidades plásticas de las escenas, es decir, el color, la composición, los volúmenes y la sensualidad poética de este tema tratado por los grandes maestros. Su compromiso no es con la realidad sino con la obra de arte donde lo que importa es la coherencia estilística de cada uno de los trazos para crear un universo propio y poético de este tema tratado por los grandes maestros. Su compromiso no es con la realidad sino con la obra de arte donde lo que importa es la coherencia estilística de cada uno de los trazos para crear un universo propio y poético. Su reencuentro con esta temática inspira una de las épocas más prolíficas en la vida del artista. La corrida y sus múltiples variaciones fueron el tema central de varias de sus más importantes exposiciones durante toda su carrera principalmente la que se llevó a cabo en el marco de la Exposición de Independientes en el Grand Palais de París en noviembre de 1992.

Fernando Botero, La pica, 1997
Óleo sobre tela

Fernando Botero, La muerte de Ramón Torres, 1986
Óleo sobre tela

Fernando Botero, La cuadrilla, 2012
Óleo sobre tela
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