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El cuarto capítulo estudia un motivo frecuente ya en la pintura antigua: el cuadro del cuadro. Magritte lo utiliza con una sistemática ambigüedad haciéndonos dudar de si el cuadro incluido es un cuadro o un marco vacío o un nicho en una pared o una ventana. Desde la invención de la perspectiva en el Renacimiento el cuadro se ha comparado con una ventana abierta. A veces Magritte asume literalmente esta comparación y la reduce al absurdo. Si entendemos el cuadro como una ventana, parece decir, el cuadro ideal sería completamente transparente, es decir, invisible. La perfección del cuadro consistiría en desvanecerse. Pero Magritte no busca una ausencia súbita y definitiva sino una desaparición gradual y que nos deje siempre dudando sobre si de verdad estamos viendo lo que creemos ver.

René Magritte. La llave de los campos, 1936. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional Thyssen-Bornesmiza, Madrid
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