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En 2006 durante una de sus acostumbradas visitas anuales a Zihuatanejo, México, Fernando Botero descubrió un circo humilde que denotaba un auténtico y verdadera sabor latinoamericano. Ese episodio lo dejó sorprendido no solo por sus personajes que mostraban una tristeza contenida sino principalmente por su inmensa poesía y la plasticidad de sus formas y colores. Además, revivió para él recuerdos de los circos que había visto en Medellín en la época de su juventud. Este encuentro abrió las puertas de su imaginación a un tema de enormes posibilidades que había sido ennoblecido por el trabajo de varios de los grandes maestros de la pintura como Picasso, Matisse, Renoir, Degas, Toulouse-Lautec, Léger, Seurat y Chagall, entre otros.
A pesar de mostrarse en plena acción, los actores de las escenas de circo reflejan en su obra la serenidad y la estática propias de los personajes boterianos y transmiten una sensación paradójica que oscila entre el dinamismo y la quietud. Los trapecistas, payasos y contorsionistas se convierten en los protagonistas de esta serie de obras que se caracteriza por su colorido, su melancolía y su encanto poético. Las imágenes del circo producen una reacción ambigua en el espectador: un sentimiento de compasión aunado a una sonrisa inevitable, lo que para Botero se traduce en una "alegría matizada por las dificultades de la vida".

Fernando Botero, Circo, 2007
Óleo sobre tela

Fernando Botero, Payasos en zancos, 2007
Óleo sobre tela

Fernando Botero, Gente del circo con elefante, 2007
Óleo sobre tela

Fernando Botero, Elefante, 2007
Óleo sobre tela
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