
BUSCANDO LA BELLEZA
Una frase resume la mirada de Antoni Campaña: <<Me considero obligado a producir fotografías con puntos de vista originales y creo un deber mostrar al mundo la naturaleza, bien resuelta por la mano divina>>.
Fotógrafo casi de nacimiento, Campaña cogió la cámara con solo 10 años haciendo retratos en el balneario de Sant Hilari Sacalm, fotografiando competiciones deportivas amateurs y acontecimientos personales en Sarrià. La carrera fue fugaz: de la Casa Fernández y Carbonell en la rambla de Canaletes de Barcelona hasta entrar en contacto con la Agrupación Fotográfica de Cataluña.
Poseía un temperamento extremadamente sensible y artístico que lo impulsaba a capturar las encrucijadas de su tiempo: tanto la modernidad mecánica del nuevo mundo que surgía como la belleza anclada en un mundo rural y agrario, camino de desvanecerse.
La fotografía fue para él más que una vocación de juventud. Se convirtió en un impulso pasional que lo obligaba a intentar inmortalizar en una vorágine documental y experimental, todo aquello que creía poder convertir en un retrato de la belleza perseguida.
Pictorialismo vanguardista
En 1933, Campaña aprovecha su viaje de novios para asistir a un curso impartido por el fotógrafo Willy Zielke en la Escuela de Fotografía del Estado de Baviera en Múnich. Desde entonces, sus fotografías se caracterizan por encuadres atrevidos y líneas de composición en diagonal marcadamente influidas por las nuevas corrientes estéticas surgidas en Alemania y en la Unión Soviética.
Campañà incorpora esta visión vanguardista a los temas clásicos de la pintura pictorialista de forma que definió un estilo propio muy personal y ampliamente difundido en su participación en numerosos salones internacionales de fotografía artística de todo el mundo.
Un mundo que se quiebra
En aquel caos que fue la Europa de entreguerras cada cual tuvo su fecha clave. Para el escenario que fotografió Campañà, la Cataluña y la España republicanas fue el año 1936. Antes del estallido de la Guerra Civil sus ojos vieron un océano de metáforas que imploraban una última esperanza: la parada definitiva de la última final de fútbol, la última Patum antes de la prohibición, la Semana Santa de Sevilla sin imposiciones; carreras de coches, campañas electorales y el retorno del presidente de la Generalitat de Cataluña. Universos que se desvanecían. Ciertamente, lo que retrataba no tenía por qué presagiar nada, pero acabaría siendo un testigo más de un mundo que llegaba a su final.
Creación y tensiones
A principios de los años 1930, el mundo académico todavía cuestionaba que una imagen fotográfica fuera una obra de arte. Es un debate candente entre los defensores de las técnicas pictorialistas como Plan Janini, Carbonell u Ortiz Echagüe. Campañà que era su joven discípulo y amigo personal aportará su mirada renovadora sobre todo mediante el tratamiento del bromóleo y el transporte de tintas grasas. En el bromóleo, la fotografía se revela en papel de bromuro de plata y se blanquea químicamente. Posteriormente la imagen reaparece con la ayuda de una brocha y pigmentos al óleo y se consiguen nuevas texturas de color y sugerentes atmósferas vaporosas.

Antoni Campañà. Tracción de sangre, 1933. Depósito de la Generalitat de Cataluña. Col-lecció Nacional de Fotografía, 1999. Museu Nacional d'Art de Catalunya, Barcelona.

